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Concertinas, Derechos Humanos y sentido común.

El miércoles, después de tantas negativas seguidas, unas tras otras, como un parapeto de escusas inertes, el Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, sorprendía a todos al plantear la posibilidad (remota) de retirar las odiosas concertinas de las vallas de Ceuta y Melilla “Si demuestran que hay otros medios disuasorios más eficaces que la concertina,rectificaremos”.

No se puede negar que la noticia ha de ser tomada como un paso positivo en relación con el respeto a los Derechos Humanos (de momento, en grado de tentativa) de los inmigrantes. Sin embargo, esta buena nueva no logra librarse de cierto tufillo que le es propio a toda declaración de intenciones procedente del Ministerio del interior en relación con políticas migratorias. Como dice el refrán, y nunca mejor dicho, será que la cabra siempre tira al monte…

Partiendo de esta declaración de intenciones, es necesario matizar que el planteamiento no es del todo acertado. Según mi opinión, se vuelve a caer en el error, nuevamente, de plantear como opción primera y primordial el uso de concertinas, mientras que la alternativa (si llega a demostrarse que existe), es su retirada.

Pues bien, partiendo de ese planteamiento erróneo, entiendo que existen razones de sobra para que triunfe esa oprimida alternativa que es retirar las concertinas, por los siguientes motivos:

1º.- Por respeto a los Derechos Humanos.

Según reconoce expresamente la Declaración Universal de Derechos Humanos, de la que evidentemente España es parte, todo ser humano (inmigrantes incluidos, para el que todavía lo dude) tiene reconocido el Derecho a la Vida y a la Integridad física (Artículo 3), a la Dignidad humana (Artículo 1) y Derecho a no padecer tratos crueles, inhumanos o degradantes (Artículo 5).

En idéntico sentido, Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos reconoce en su Artículo 6 el Derecho a la Vida como inherente a la persona humana y en el Artículo 7 el Derecho a no ser sometido a tatos crueles, inhumanos o degradantes.

Motivo suficiente para la retirada de las concertinas.

2º.- Por acatamiento del Derecho de la Unión Europea.

Al margen del resto de la normativa comunitaria que hace referencia a la obligación de los Estados miembros de salvaguardar la dignidad de toda persona, es necesario recordar que según la Carta Europea de Derechos Fundamentales, también se reconoce expresamente en su capítulo I, el respecto de los Derechos a la Dignidad Humana, Derecho a la Vida, Derecho a la Integridad de la persona, y la Prohibición de tratos inhumanos o degradantes, en sus Artículos 1 a 4, en ese orden.

Por otro lado, y derivado del Consejo de Europa, el Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales, reconoce nuevamente la Obligación de respetar los Derechos Humanos (Artículo 1), Derecho a la vida (Artículo 2) y la Prohibición de someter a toda persona a tratos inhumanos o degradantes (Artículo 3).  

Motivo suficiente para la retirada de las concertinas.

3º.- Por obediencia  a la Constitución española y la propia Ley de Extranjería.

En efecto, la Constitución española, en contra de lo que considera el Gobierno de la Nación, dispone en su Artículo 10.1 que “La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, […] son fundamento del orden político y de la paz social”, y añade en su apartado segundo que “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España”.  

Más concretamente, dicho leitmotiv viene reconocido expresamente por la Ley de Extranjería en su Artículo 3.1 que dispone que “Los extranjeros gozarán en España de los derechos y libertades reconocidos en el Título I de la Constitución en los términos establecidos en los Tratados internacionales, en esta Ley y en las que regulen el ejercicio de cada uno de ellos”.

El Artículo 3.2 reitera nuevamente que “Las normas relativas a los derechos fundamentales de los extranjeros serán interpretadas de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y con los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias vigentes en España”.

Nuevamente, motivo suficiente para la retirada de las concertinas.

4º.- Por sumisión a la jurisprudencia emanada del Tribunal Constitucional en la materia.

El Tribunal Constitucional viene delimitando claramente cómo ha de entenderse el respeto y reconocimiento a estos Derechos Humanos de ámbito universal en jurisprudencia consolidada. Muestra de ello, entre otras muchas Sentencias, es la STC 236/2007, de 7 de noviembre de 2007, según la cual se expone palmariamente que “nuestra jurisprudencia ha reiterado que existen derechos del Título I que “corresponden a los extranjeros por propio mandato constitucional, y no resulta posible un tratamiento desigual respecto de los españoles” (STC 107/1984, FJ 3) […]. Estos derechos son los que “pertenecen a la persona en cuanto tal y no como ciudadanos, o dicho de otro modo, se trata de derechos que son imprescindibles para la garantía de la dignidad humana que conforme al art. 10.1 de nuestra Constitución es el fundamento del orden político español” (SSTC 107/1984, FJ 3; 99/1985, FJ 2; y 130/1995, de 11 de septiembre, FJ 2). También nos hemos referido a ellos como derechos “inherentes a la dignidad de la persona humana” (STC 91/2000, de 30 de marzo, FJ 7). En esta situación se encontrarían el derecho a la vida, a la integridad física y moral, […]. Todos ellos han sido reconocidos expresamente por este Tribunal como pertenecientes a las personas en cuanto tal,…”.

Motivo suficiente, qué duda cabe, para la retirada de las concertinas.

5º.- Por respeto al criterio jurídico, moral y ético de todos aquellos equivocados (ONGs, abogados, defensores de Derechos Humanos, entidades religiosas, instituciones humanitarias, sindicato de policía, Asociación Unificada de Guardias Civiles, Unión Progresista de Fiscales, personajes de la política, Defensora del Pueblo, sociedad civil, etc…) que considera, en contra de la opinión del Gobierno, que las concertinas son una medida desmedida, inhumana, alegal y antijurídica, ilegítima, inmoral y asesina.

6º.- Por respetar al pueblo que le dice a su Gobierno que no va por el camino correcto.

Aunque sea evidente, es necesario recordar que al  menos en teoría, el Gobierno se debe a la nación como bien establece el Artículo 1.2 de la Constitución española cuando dice que “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

Esta legitimación del Gobierno derivada de todos aquellos que equivocados, debe ser también, motivo suficiente para la retirada de las concertinas.

7º.- Por dar la imagen de que España es un Estado Democrático y de Derecho, al menos también en teoría, que respecta los Tratados y Convenios Internacionales de los que es parte en materia de Derechos Humanos, y no una república bananera al margen de los principios más básicos emanados de dicho Ordenamiento jurídico internacional.

8º.- Y por último, y creo que más importante que cualquier norma jurídica nacional o internacional, interpretación jurisprudencial, criterio moral, ético o jurídico, u opinión pública,… el SENTIDO COMÚN y una evidencia innegable: las consecuencias que provocan las concertinas.

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Sus efectos y resultados, tan innecesarios como inhumanos, no necesitan comentarios. Hablan por sí solos. Y hasta que no se invierta la idea, el hecho de contemplar el uso de concertinas, no ya como primera opción, sino como una opción en sí misma, no se logrará avanzar en camino correcto y adecuado en el respecto de los Derechos Humanos en general, y de las personas inmigrantes en particular.

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¡Que vivan las concertinas de las vallas de Ceuta y Melilla!

Las cuchillas en las vallas de Melilla y Ceuta ya son una realidad. La controvertida concertina ha triunfado, y con ella, una atroz aberración jurídica que vulnera los principios más elementales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Para aquellos que aún no estén enterados, la concertina se compone de retorcidos alambres de acero coronados de afiladas cuchillas que cortan todo aquello que se les cruce en el camino –en este caso, miembros y carne humana- como si de un cuchillo en mantequilla se tratase.

Así es. Esta, y no otra, es la función principal para la que se crea y existe la concertina en las vallas de Ceuta y Melilla: abrir en canal a todo aquel que se atreva a perturbar la paz social de España. Qué importa que se ponga en tela de juicio el respeto de Derechos Humanos como son el Derecho a la Vida, el Derecho a la salvaguarda de la Integridad física o el Derecho a la Dignidad Humana; no nos equivoquemos, lo importante es evitar que nos invadan las hordas de inmigrantes procedentes de todos los lugares del continente africano.

Eso es realmente lo que importa. Para ello, tenemos un gobierno ilustrado y juicioso que sabe medir su poder coercitivo y represor en defensa de la madre patria. No basta con las tres infinitas vallas sucesivas, las cámaras de video vigilancia, los sensores térmicos, los controles de la guardia civil y de la gendarmería marroquí. No, es necesario que los rastros de seres humanos desesperados, no por un futuro mejor, sino simplemente por un futuro, hondeen como una bandera entre las cuchillas de la concertina. Girones de piel, ríos de sangre, incluso cuerpos inertes colgando de nuestras vallas fronterizas. Solamente así es como se le dice al país, a la sociedad, a los invasores, al resto del mundo: ¡aquí no entran los indeseados: de estas vallas selectivas, no pasan!

Porque así es como se nos está vendiendo la moto. La concertina es necesaria. La concertina es la solución. La concertina disuade la inmigración irregular. La concertina es la panacea que todo lo cura. ¡Dios santo, cómo hemos podido concebir las políticas migratorias todos estos años sin la dichosa concertina!

Para que se van a fomentar la cooperación al desarrollo, la colaboración con los países de origen de la inmigración o el Derecho a la vida digna en el propio país, mientras exista la concertina. Estos alambres con cuchillas son mucho más efectivas que toda esta sarta de medidas que solo caen en saco roto, donde va a parar… Y si falla la concertina, no hay problema, todavía quedan el resto de medidas represivas para frenar a los asaltantes foráneos: las fuerzas de la autoridad de los estados “amigos”, que actúan como perros de presa, las devoluciones en caliente realizadas por la guardia civil al margen de la legalidad vigente, o los insaciables CIEs en territorio nacional, como último arma para aquellos pobres ilusos que consiguen superar todas las trabas anteriores.

Pero ahora, con la concertina, seguro que se lo piensan dos veces antes de asaltar las fronteras patrias. Menos mal que, en contra de todos aquellos que se equivocan (ONGs, abogados, defensores de Derechos Humanos, entidades religiosas, instituciones humanitarias, sindicato de policía, Asociación Unificada de Guardias Civiles, personajes de la política, Defensora del Pueblo, sociedad civil, etc…), hay que agradecer la capacidad visionaria del actual Gobierno de la Nación en sus miras de futuro en la lucha contra la inmigración irregular y las políticas migratorias con cabeza.

Así que, en un alarido entusiasta que alabe la sabia e ilustrada decisión del Gobierno de España, solo cabe una única conclusión al unísono:

¡Que vivan las concertinas de las vallas de Ceuta y Melilla!

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Cruce del Estrecho, un camino sin retorno.

El silencio lo invade todo. No se escucha un alma. Todos caminan con sigilo hacia el mar. La luna como único testigo de un viaje arriesgado: cruzar el Estrecho.

No saben cuántos son, o no quieren saberlo. Cada inmigrante está concentrado en el secreto de la noche, en no despertar a la tempestad de un mar en calma que se erige en único juez de sus destinos. De todos y cada uno de sus destinos. Confidentes de sus propios proyectos de futuro, anhelan llegar a Europa y pisar la tierra prometida.

Poco a poco, van invadiendo la embarcación. Hoy es una patera. Ayer una zodiac. Mañana una simple embarcación de juguete para niños usada por adultos en un arriesgado y desesperado cruce del Estrecho. Tan solo 14 kilómetros de distancia, pero 14 kilómetros de equilibrismo sin red.

El silencio es sobrecogedor. Solo se escuchan las leves olas que zarandean la embarcación de un lado a otro mientras acaba por llenarse. Se amontonan unos contra otros. Son muchos, y algunos envites de las olas escupen agua hacia dentro de la nave. La luna mira desde el cielo negro, incapaz de arrojar algo de luz en este camino sin retorno que está a punto de iniciarse.

Y los recuerdos invaden las vidas e historias de cada uno de estos intrépidos inconscientes con un mismo denominador común: el abandono de su tierra buscando un futuro mejor…

Todos tuvieron que abandonar su hogar por falta de medios y por el miedo a faltar a sus responsabilidades familiares como padres, hijos, cónyuges, hermanos, amigos… Sin trabajo, sin comida, sin esperanzas por un futuro mejor. A veces con guerras, violaciones, explotación, abusos de Derechos. Zonas desoladas por las catástrofes de la naturaleza, pero especialmente, por las catástrofes humanas. Las partidas son difíciles, el destierro voluntario por el bien del grupo se asume como necesario, y la salida, inminente, meditada e inconsciente, termina llegando.

Pero el pasaje no es un camino de rosas, sino más bien una odisea. Algunos consiguen llegar a Marruecos en unos meses. Otros necesitan invertir años en ese mismo trayecto. Las distancias, las aventuras, las penurias, y las vivencias son muy diferentes de una persona a otra. Cada vida es un mundo: días e incluso semanas cruzando desiertos (algunos, espaldas mojadas del Sahara, jamás saldrán de sus dunas); secuestros y víctimas de trata de personas; violaciones, explotación sexual, trata de blancas; explotación laboral, condiciones infrahumanas y esclavizadoras; palizas y agresiones.

Otra veces el camino resulta más liviano y el transito se realiza por etapas, trabajando aquí y allá para conseguir algo de dinero con el que continuar el viaje hacia el norte, hacia Marruecos.

Pero las dificultades y penurias no acaban con la llegada a las costas marroquíes. La espera a una oportunidad para poder cruzar el Estrecho no siempre es inmediata. Los costes también son un problema. Las mafias cobran el cruce en una patera con cifras que oscilan entre los 2.000 y 5.000 Euros (dependiendo del precio, algunos traficantes de personas garantizan varios intentos en caso de ser interceptados y devueltos). Otros optan por intentar cruzar en los bajos de un camión o en el interior de un coche, despiezado previamente para ser encasquetados en ellos, como si de una pieza de puzzle se tratase. Los que disponen de menos medios arriesgan más sus vidas y en una balsa de juguete se consuelan a cruzar este mar titánico que transita entre las columnas de Hércules.

Por tierra los medios son distintos, pero con idénticas consecuencias. Muchos acuden a las inmediaciones de Ceuta y Melilla para intentar saltas las vallas fronterizas. Una triple valla con más de seis metros de altura coronadas con espinas de acero en las que todavía quedan restos de los últimos cuerpos que intentaron atravesarlas. Sangre de Modou… jirones de piel de Rachid…. cabellos de Amy… ropa despeluchada de Clement…

Algunos consiguen pasar. Otros tienen que volver derrotados en la batalla, pero deseosos de vencer en su guerra particular por una vida digna. Los supervivientes en tierras marroquíes se esconden en las montañas, al refugio de su suerte. En campamentos improvisados por la miseria y la fe, aguardan al próximo intento. Alá es grande, quizás haya más suerte la próxima vez.

Mientras tanto, evitan caer en manos de la gendarmería, brazo duro, ilegal e ilegitimo que marca los cuerpos y vergüenzas de estas víctimas de la miseria y de un mundo al borde de la desdicha. El monte Gurugú es testigo de ello. El miedo y el pánico se hacen dueño de los campamentos clandestinos cuando en medio de la oscuridad de la noche, todos corren sin sentido intentando escapar de la música de una orquesta violenta y desafinada que quiebra piernas y brazos, abre sus cabezas y yaga la piel de sus cuerpos como labios que gritan… Las cicatrices psíquicas y morales son aun peores que las físicas. Y todo ello con la impunidad como único testigo, porque la luna ya no puede mirar tanta masacre.

Cruce del Estrecho, un camino sin retorno

Tánger, Ceuta y Melilla son los pasos fronterizos improvisados en un proyecto migratorio que no entiende de fronteras ni visados. El único requisito necesario es tener esa valentía desconfiada, instintiva e irracional de asumir cruzar hacia Europa sabiendo que se puede morir en el intento. Esta vía de acceso no viene reconocida en la Ley de Extranjería, aunque por estos lares eso importa poco. Lo importante es entrar, luego ya se verá…

Abandonados los recuerdos y las vivencias sufridas, la embarcación se mece mar adentro. La moneda se ha lanzado al aire, la suerte ya está echada. Alea iacta est.

Mientras rezan por llegar sanos y salvos, nadie caerá en la cuenta de que probablemente sus cuerpos se irán entumeciendo. No sentirán los pies. No sentirán las piernas. No sentirán las caderas. La sensibilidad de sus dedos irá desapareciendo poco a poco entre la oscura y fría noche. La mar irá acunando la patera entre las olas, dejando a su merced el destino de estos niños, hombres y mujeres. La mar irá también venciendo a la embarcación, e irá forzando, forjando y minando su dureza. Nadie será consciente de que el agua salada y el combustible vertido irá quemando sus pieles. Únicamente cuando se quiten las ropas heladas, el dolor los hará despertar cuando noten que se desollan vivos y que su piel pegada a las prendas deja en carne viva un pedazo de su ser.

Quizás estos sean los afortunados. O no. Unos llegaran sanos y salvos a las costas andaluzas. Allí, como decía Sabina, la Guardia Civil les decomisará el sudor y la sonrisa, las postales de Estoril, sin posada, sin escudos y sin visa, dando con sus huesos en las mazmorras de un CIE hasta que se resuelva su devolución o expulsión del país. Otros quizás corran mejor suerte y consigan escapar a su suerte y deambular en busca de ese sueño anhelado.

Pero habrá muchos otros que no consiga salir de las aguas del Estrecho. Que en una llamada desesperada de socorro solo consigan escuchar cantos de sirena mientras sus sueños, sus miedos y sus fobias se hunden al mismo tiempo que esa patera, zodiac o embarcación de juguete que los metió en medio de ese infierno helado. Sus ojos mirarán en todas direcciones buscando ese clavo ardiendo al que agarrase en mitad de la nada. El Estrecho no perdona, y la muerte silenciosa ahoga los gritos angustiosos mientras que las olas tapan con su manta la luz de otras vidas.

Una muerte silenciosa. Una muerte agónica. Una muerte innecesaria en un mundo donde unos tienen tanto y otros tan poco. Una muerte sin espectadores ni testigos…

… porque incluso la luna, hace tiempo que se cansó de ser el único testigo de tantas injusticias.

En honor a todos los seres humanos desaparecidos

y olvidados en las aguas del Estrecho de Gibraltar.